jueves, 23 de junio de 2016

Cuentos sobre dinosaurios

El primer viaje de Dino 

- ¡Nos vamos de vacaciones!- gritó Diego.
Y todos sus juguetes comenzaron a empujarse para quedar en la parte de arriba del baúl. Menos Dino, el pequeño dinosaurio verde y amarillo que, como siempre, se escondió en la esquina, debajo del tren de madera. Y es que cada vez que Diego se iba de vacaciones, metía la mano en el baúl de los juguetes y sacaba uno al azar. Y lo llevaba con él de viaje, a vivir aventuras estupendas.
Pero Dino tenía miedo de todo. De los trenes y de los aviones, del agua y de los animales, de los ruidos y de las personas. Y pocas veces se atrevía a salir del baúl, y mucho menos a arriesgarse a ser elegido para acompañar a Diego en sus vacaciones. Los padres de Dino estaban muy preocupados. Y los demás juguetes estuvieron de acuerdo en ayudarles a solucionar el problema.
- Dino, no se puede vivir con miedo a todo cuando no hay razón para ello. Te pierdes experiencias maravillosas y lecciones importantes. Y como el miedo sólo se supera enfrentándose a él, este año vas a ir tú de vacaciones.
De nada sirvieron los gritos y lloros de Dino. Todos los juguetes le empujaron hacia arriba y se apartaron, así que cuando Diego metió la mano en el baúl sólo tocó un dinosaurio tembloroso.
- ¡Qué alegría, Dino, con las ganas que tenía de que te tocara a ti!- gritó Diego, feliz-. Este año vamos a la playa. ¡Verás lo bien que lo vamos a pasar!
Dino se pasó el viaje en el coche temblando y con los ojos cerrados. Cuando subieron al avión estaba asustadísimo, pero se atrevió a mirar por la ventanilla ante los gritos de entusiasmo de Diego…¡Qué maravilla! Según iban subiendo, más pequeñitos se veían los coches, las casas, los árboles…Parecía que estuvieran volando sobre la bola del mundo de su habitación. ¡Y pasaban entre las nubes! Viajar en avión no daba miedo, sino que era emocionante. Tampoco el tren que cogieron después daba miedo: ¡qué divertido era intentar no perder el equilibrio con el traqueteo! Ni la habitación del hotel, con aquella cama tan grande y cómoda, estupenda para saltar y dar volteretas.
A Dino le gustó tanto la playa que no le importó llenarse de arena, ni pasar de mano en mano cuando los demás niños quisieron jugar con él. Pero lo mejor fue bañarse con Diego en el mar. Aunque al principio se asustó al ver las olas, ¡cuánto disfrutó después nadando, buceando, viendo los peces, saltando las olas! Fue una semana llena de experiencias fantásticas. Cada día era una aventura.
Y cuando volvieron a casa, todos los juguetes le rodearon, ansiosos por escuchar nuevas historias. Pero lo primero que hizo Dino fue abrazarse a sus padres y decirles, emocionado:
- ¡He pasado los mejores días de mi vida! Y ya no tengo tanto miedo a las situaciones nuevas. Muchas gracias, papi, mami, por obligarme a ir. ¡Nunca hubiera perdido el miedo si no me hubiera visto obligado a enfrentarlo! Ahora me doy cuenta de lo tonto que era, ¡la de cosas maravillosas y divertidas que me he perdido hasta ahora! ¡Yo quiero volver a viajar el año que viene!
Los padres de Dino estaban muy contentos. A partir de aquellas vacaciones, Dino se transformó en un dinosaurio feliz, valiente, orgulloso y seguro de sí mismo. Y no volvió a dejar pasar ninguna oportunidad de correr nuevas aventuras. ¡No tengais miedo a vivir cosas nuevas! Y si lo tenéis, enfrentaos a vuestro miedo y vividlas a pesar de él. ¡La recompensa será maravillosa!


Un viaje espacial

¡Hola, amigo! Soy Dino, el astronauta, y en esta aventura los protagonistas somos tú y yo. ¿Me acompañas en este viaje? No te he oído. ¡Dilo más alto! ¡Fenomenal! Pues si estás preparado comenzaremos nuestro viaje al espacio.
¡Corre, siéntate, abróchate el cinturón! ¡Que despegamooooooooos! ¡Buuuuuuah qué maravilla, mira qué pequeño se ve todo desde aquí arriba! Necesitamos ir más deprisa, ayúdame, tienes que conducir conmigo la nave, funciona a base de órdenes y sonidos, da dos palmadas fuertes y cogeremos velocidad.
¡Vamos, amigo, quiero oírlas! Muy bien, ya estamos viajando a más velocidad.
¿Ves ese lugar de ahí abajo? Pues ahí vivían antiguamente los dinosaurios, que por el cambio climático han ido desapareciendo todos, menos yo. Y aquello tan grande que ves allá arriba es la luna. ¿ A que no sabías que era tan grande? Desde la tierra parece un balón, y eso de ahí tan brillante son estrellas fugaces, parecen fuegos artificiales.
¿Te estás divirtiendo, amigo? Por cierto, ¿ya has cenado? Yo voy a tomarme unas verduritas ricas, ¿quieres? ¡Son muy sanas, por eso estoy así de fuerte y grande!
¡Cuidado, un meteorito gigante! Esquívalo, di, ¡nave a babor! Para girar hacia la izquierda y ¡nave a estribor! Para girar a la derecha. ¡Estás hecho un conductor magnifico!
Pronto pasaremos cerca del sol, así que tendremos que ponernos las gafas de sol y la crema protectora y colocar en la nave el parasol, para no quemarnos.
Da la orden en alto. ¡Nave colocación de protección! ¡Genial, ya estamos listos, ahora podremos ver el sol sin problemas!
¡Mira cuánta luz, qué calor, qué amarillo es todo! Ha llegado la hor,a amigo, es el momento de que sepas cuál es tu misión al regreso de este viaje.
Como has podido ver, el sol tiene el poder del fuego, de la luz, del calor... Por eso nos tenemos que proteger de él, pues tu misión será que a partir de este momento me ayudarás a hacer de este mundo un lugar mejor, reciclando, sin tirar basura al suelo, al mar, cerrar el grifo del agua mientras te lavas los dientes, echar las pilas de los juguetes en un contenedor especial y todas esas cosas que hacen que el planeta se contamine menos, porque si no colaboramos todos habrá otro cambio climático y seguirán desapareciendo algunas especies de animales, por ejemplo nuestros amigos los pingüinos y los osos polares porque el calor derretirá el hielo y se quedarán si casita.
Bueno, amigo, es tarde y va siendo hora de ir a dormir, hay que aterrizar la nave, recuerda, dos palmadas fuertes para aterrizar. ¡Bieeeen! Ya se han apagado los motores. Es hora de ir para cama
¡Felices sueños y hasta el próximo viaje! Un abrazo de tu amigo Dino.


CUENTOS DEL MUNDO

La niña de la caja de cristal

Érase una vez una linda y preciosa niña que vivía en un pueblecito de Suiza. Su madre la adoraba y le daba todo el amor que os podáis imaginar, pero vivía siempre preocupada por si algo malo le pasaba. A menudo se quedaba mirándola embelesada y le decía con ternura:
– ¡Qué bonita eres, hija mía! Tus ojos son hermosos, tu piel es suave como la seda y tu cuerpo es frágil como una porcelana. No quiero que nada te perturbe ni nadie te haga sufrir.
Tal era su obsesión por protegerla, que una mañana decidió que lo mejor era meterla en una cajita de cristal. Ya no podría salir, pero al menos la mantendría para siempre a salvo de cualquier peligro.
A través de un agujerito, le pasaba cada día la comida y el agua para beber. Si hacía buen tiempo, cogía la caja y la llevaba hasta el jardín que había frente a su casa. Allí la niña se sentaba a mirar el paisaje, veía volar lindas mariposas, escuchaba el trino de los pájaros y se quedaba contemplando pasmada el bello cielo azul. Si hacía frío o llovía, ponía la caja en la parte central de la casa, que era el comedor, para que pudiera ver cómo barría, limpiaba el polvo o realizaba cualquier otra tarea cotidiana.
La niña sólo miraba, sentadita tras el cristal. Nunca le daba el aire, no tomaba el sol, no podía correr, no podía jugar… Con el paso del tiempo, empezó a debilitarse. Cada día estaba más pálida, ojerosa y triste. Dejó de interesarse por lo que sucedía a su alrededor y ya nada le importaba.
Un día la madre tuvo que ausentarse  y la dejó  junto a la puerta que daba al jardín. Un grupo de niños jugaban y reían felices en la calle, sin darse cuenta de que una chiquilla de su misma edad les observaba desde una celda de cristal. La pobre empezó a llorar. Enormes lágrimas resbalaron por sus mejillas y se sintió muy desdichada ¡Solamente deseaba ser como los demás!
De repente, un duende apareció por sorpresa y, pegando su nariz a la caja, la invitó  a unirse a los chiquillos. Pero la muchacha negó con la cabeza, pues no podía abrirla de ninguna manera. El duende, apenado, silbó a los chavales y todos se acercaron a ver qué sucedía. Cuando vieron que había una niña encerrada en una caja transparente intentaron liberarla, pero resultó imposible.
El viento, que ese día soplaba fuerte, se compadeció y acudió en su ayuda en cuanto vio lo que estaba sucediendo. Ordenó a todos que se apartaran y sopló y sopló hasta que la caja de cristal se rompió.
La niña sintió una ráfaga de aire fresco en la cara, aspiró el aroma de las flores y escuchó fascinada el canto de las cigarras, que casi había olvidado. Después, descalza como estaba, empezó a corretear y a tirarse sobre la hierba para sentir su frescor ¡Qué felicidad! El color regresó a sus mejillas y sus ojos recobraron el brillo de antaño.
Cuando nadie lo esperaba, su madre apareció y se asustó al descubrir que su pequeña había sido liberada y estaba riendo y saltando con varios niños y un duende de traje verde y sombrerito de pico. Su primera reacción fue reprenderla y decirle que era una insensata ¿Y si alguien le hacía algo? ¿Y si se caía y se lastimaba? ¿Y si…?
Pero se paró a mirarla  detenidamente y la vio tan feliz y tan llena de vida, que se acercó, la abrazó con mucho amor, y después  fue a por una escoba para barrer los cristales y olvidarse de la caja para siempre.

Los pasteles y la muela

Érase una vez un labrador que trabajaba las tierras de un rico terrateniente. Desde niño había tenido un único deseo en la vida: conocer a su rey. Imaginaba que, un hombre tan poderoso y afamado, debía tener algo especial que destacara sobre el resto de los mortales.
Un día no aguantó más la curiosidad y, después de cobrar el sueldo del mes, cogió un petate y se fue a la capital del reino. Caminó durante varios días pero su esfuerzo tuvo su recompensa, pues nada más traspasar las murallas de la ciudad, la casualidad quiso que la comitiva real desfilara junto a él. El monarca, engalanado con una deslumbrante capa dorada y luciendo una corona de piedras preciosas, saludaba efusivamente a los que se arremolinaban en las callejuelas para verle pasar. El labrador le miró sin pestañear y, cuando se alejó, sintió una gran desilusión.

– ¡Bah! ¡Si es un hombre como otro cualquiera! Me he gastado casi todo el dinero que tenía en venir hasta la ciudad para conocer al rey y no ha merecido la pena. Tan sólo es una persona corriente enfundada en ropas caras ¡Pero qué tonto soy!…
Se disgustó tanto que empezó a dolerle una muela.
– ¡Ay, maldita sea, qué dolor! ¿Y ahora qué hago? Sólo me queda una moneda en el bolsillo; si la invierto en pagar a alguien para que me quite la muela, no podré comprar nada para comer, y la verdad es que tengo un hambre de lobo; por el contrario, si uso la moneda para comprar alimentos, la muela seguirá doliéndome cada día más.
Sumido en estos pensamientos, pasó por un puesto de pasteles. ¡Tenían una aspecto delicioso! Se quedó mirándolos, embelesado por el rico olor que desprendían e imaginando cómo sería el sabor de esos bizcochuelos bañados en almíbar y chocolate.
Dos hombres pasaron por allí y, viendo cómo se le caía la baba al humilde campesino, quisieron burlarse de él; se le acercaron por la espalda y uno de ellos, el más alto y espigado,  inició la conversación.
– ¡Se ve que estos bollos tienen buena pinta! ¿Cuántos sería usted capaz de comerse?
El labrador se giró y les miró a los ojos. Se dio cuenta de que no tenían buenas intenciones,  pero le daba igual… ¡Era su oportunidad!
– ¿Me habláis a mí? Sería capaz de comerme unos quinientos pasteles de esos.
Su compañero, que aunque era más bajito tenía la voz ronca como un trueno, se llevó las manos a la cabeza.
– ¿Quinientos? ¡Madre mía, qué barbaridad! ¡Eso es imposible!
– ¿Quieren apostar algo?
Los hombres se miraron divertidos y continuaron empeñados en humillar al pobre infeliz. El primero que había hablado, aceptó:
– ¡Por supuesto! ¿Qué propone?
– Pues yo os apuesto que me comeré quinientos pasteles. Si no lo consigo, dejaré que me arranquen una muela. A ver… ¡Ésta misma!
Lógicamente, el campesino señaló con el dedo la muela que tanto le dolía.
– ¡De acuerdo! ¡Qué empiece el reto!
El labrador empezó a devorar pasteles. Tenía tanta hambre y estaban tan ricos, que por lo menos se comió una veintena. Llegó un momento en que le pareció que hasta los botones de su camisa iban a salir volando porque se sentía a punto de explotar.
– ¡Ya no puedo más! Estoy llenísimo. He logrado comer un montón, pero no los quinientos que habíamos acordado. ¡Como ven, he perdido la apuesta!
Los dos amigos estallaron en carcajadas. De nuevo el más alto, que parecía llevar la voz cantante en todo el asunto, puso cara de triunfo y le recordó que debía cumplir su promesa.
– ¡Ja, ja, ja! ¡Estaba claro que era imposible! Por desgracia, le toca pagar la apuesta.
A gritos, mandó llamar al sacamuelas, que vivía tres calles más abajo. Cuando llegó, sentó al labrador en una silla de madera y le quitó la muela a la antigua usanza, es decir, con unas tenazas. Los dos amigos no paraban llorar de la risa. El de la voz profunda, miró al gentío congregado alrededor y exclamó:
– ¡Ja, ja, ja! ¡Desde luego, hay que ser estúpido! Por comer unos cuantos pasteles, se ha dejado quitar un diente.
El labrador, muy digno, se levantó de la silla y sacando a relucir su agudeza mental, respondió:
– ¡No, ustedes son los idiotas! Gracias a vuestro deseo de burlaros de mí, he conseguido comer todo lo que quería y, encima, quitarme esa maldita muela que tanto me dolía y de la que necesitaba deshacerme porque ya no me servía. ¡Y todo sin pagar ni una moneda!
Los dos tipos se quedaron de piedra. Todos los que estaban contemplando la curiosa escena  comenzaron a reírse, pero esta vez de ellos. Abochornados, se alejaron de allí a paso ligero, dejando atrás al perspicaz campesino con la tripa llena, la boca curada y la moneda en el bolsillo.